Jean Valjean había declarado una guerra sorda contra Marius, que Marius, con la sublime estupidez de su pasión y de su edad, no adivinaba. Jean Valjean le tendía mil emboscadas; cambiaba de hora, cambiaba de banco, olvidaba su pañuelo, venía solo al Luxemburgo; Marius se precipitaba de cabeza en todas esas trampas; y a todos los signos de interrogación plantados por Jean Valjean en su camino, respondía ingenuamente «sí». Pero Cosette permanecía encerrada en su aparente indiferencia y en su imperturbable tranquilidad, de modo que Jean Valjean llegó a la siguiente conclusión: > «Ese tonto está locamente enamorado de Cosette, pero Cosette ni siquiera sabe que
No obstante, llevaba en su corazón un temblor doliente.
El minuto en que Cosette amara podía sonar en cualquier momento. ¿Acaso no empieza todo con la indiferencia?
Tan solo una vez cometió Cosette un error y lo alarmó. Se levantó de su asiento para marcharse, tras una estancia de tres horas, y ella dijo: «¿Cómo, ya?».
Jean Valjean no había interrumpido sus paseos por el Luxemburgo, ya que no quería hacer nada extraño y, sobre todo, porque temía inquietar a Cosette; pero durante las horas que eran tan dulces para los amantes, mientras Cosette le enviaba su sonrisa al ebrio Marius, que ya no percibía otra cosa y que ahora no veía en todo el mundo más que un rostro adorado y radiante, Jean Valjean clavaba en Marius unos ojos fulminantes y terribles. Él, que había llegado a creerse incapaz de un sentimiento malévolo, experimentaba momentos, cuando Marius estaba presente, en los que