En Schönbrunn había una pequeña sombra, de cuatro años, a quien era sedicioso llamar el rey de Roma. Y estas cosas sucedieron, y los reyes recuperaron sus tronos, y el amo de Europa fue metido en una jaula, y el antiguo régimen se convirtió en el nuevo régimen, y todas las sombras y toda la luz de la tierra cambiaron de lugar, porque, en la tarde de un cierto día de verano, un pastor le dijo a un prusiano en el bosque: «¡Vete por este camino y no por aquel!».
Este 1815 fue una suerte de abril lúgubre. Antiguas realidades insalubres y venenosas se cubrieron de apariencias nuevas.
Una mentira se desposó con 1789; el derecho divino se encubrió bajo una carta; las ficciones se volvieron constitucionales; los prejuicios, las supersticiones y las reservas mentales, con el Artículo 14 en el corazón, fueron barnizados con liberalismo.
Fue el cambio de piel de la serpiente.
El hombre había sido tornado a la vez mayor y menor por Napoleón. ¡Bajo este reinado de materia espléndida, el ideal había recibido el extraño nombre de ideología!
Es una grave imprudencia por parte de un gran hombre convertir el porvenir en escarnio. El populazo, no obstante, esa carne de cañón tan afecta al cañonero, lo buscaba con la mirada. ¿Dónde está? ¿Qué está haciendo?
—Napoleón ha muerto —le dijo un transeúnte a un veterano de Marengo y Waterloo. —¡Él, muerto! —exclamó el soldado—; usted no lo conoce.
La imaginación desconfiaba de este hombre, aun derrocado. Las profundidades de Europa estaban llenas de oscuridad después de Waterloo. Algo enorme permaneció largo tiempo vacante debido a la desaparición de Napoleón.