divinidad de Jesucristo. Cuvier, con un ojo en el Génesis y el otro en la naturaleza, trató a los beatos de la reacción complaciéndolos al reconciliar los fósiles con los textos y haciendo que los mastodontes halaguen a Moisés.
M. François de Neufchâteau, el loable cultivador de la memoria de Parmentier, hizo mil esfuerzos para que se pronunciara parmentière en vez de pomme de terre, y no lo consiguió en absoluto. El abate Grégoire, exobispo, exconvencional, exsenador, había pasado, en las polémicas monárquicas, al estado de «Infame Grégoire». La locución de la que nos hemos servido —pasado al estado de— ha sido condenada como neologismo por M. Royer Collard. Bajo el tercer arco del puente de Jena, la nueva piedra con la que, dos años antes, se había tapado la abertura de mina hecha por Blücher para hacer volar el puente, aún era reconocible debido a su blancura. La justicia hizo comparecer ante su estrado a un hombre que, al ver entrar al conde de Artois en Notre-Dame, había dicho en voz alta: «¡Sapristi! Lloro el tiempo en que vi entrar a Bonaparte y a Talma en el Bel-Sauvage del brazo». Una frase sediciosa. Seis meses de prisión. Los traidores se mostraban desabrochados; los hombres que se habían pasado al enemigo en la víspera de la batalla no ocultaban su recompensa y hacían alarde descaradamente a la luz del día, en el cinismo de las riquezas y las dignidades; los desertores de Ligny y de Quatre-Bras, con la impudicia de su bien pagada turpitud, exhibían su devoción a la monarquía del modo más desvergonzado.
Esto es lo que flota confusamente, en revoltijo, para el año de 1817, y que hoy está olvidado. La historia desdeña casi todos estos pormenores, y no puede hacer otra cosa; la infinidad la abrumaría. Sin embargo, estos detalles, que malamente se llaman triviales—no hay hechos triviales en la humanidad, ni pequeñas hojas en la vegetación—, son útiles. De la fisonomía de los años se compone la fisonomía de los siglos. En este año de 1817 cuatro jóvenes parisinos idearon «una hermosa farsa».