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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro III. La alcantarilla y sus sorpresas

—Ahora, amigo mío, debes marcharte. Esto es como la feria, uno paga al salir. Ya has pagado, así que lárgate.

Y comenzó a reír.

¿Tuvo, al prestar la ayuda de su llave a este desconocido, y al hacer salir por aquel umbral a otro hombre que no fuera él mismo, la intención pura y desinteresada de rescatar a un asesino? Se nos permitirá dudarlo.

Thénardier ayudó a Jean Valjean a colocar de nuevo a Marius sobre sus hombros, luego se encaminó hacia la reja de puntillas y descalzo, haciéndole una seña a Jean Valjean para que lo siguiera, miró hacia afuera, se puso el dedo sobre los labios y permaneció varios segundos como en suspenso; terminada su inspección, metió la llave en la cerradura.

El cerrojo retrocedió y la puerta se abrió. No raspó ni chirrió. Se movió con muchísima suavidad.

Era evidente que aquella cancela y aquellos goznes, cuidadosamente aceitados, tenían la costumbre de abrirse con más frecuencia de lo que se suponía.

Esta blandura era sospechosa; sugería idas y venidas furtivas, entradas y salidas silenciosas de hombres nocturnos y el paso lupino del crimen.

La cloaca era evidentemente cómplice de alguna banda misteriosa. Esta reja taciturna era una receptora de objetos robados.

Thénardier abrió la verja un poco, dejando el espacio justo para que Jean Valjean pudiera salir, volvió a cerrar la reja, dio dos vueltas de llave en la cerradura y se sumergiió de nuevo en la oscuridad, sin hacer más ruido que un suspiro. Parecía caminar con las patas de terciopelo de un tigre.

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