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nydus/Les MisérablesPublic
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I. La casa con secreto

infracción de las reglas que Jean Valjean parecía haberse impuesto, y de la costumbre de permanecer en su habitación que la melancolía había hecho adoptar a Cosette, Cosette, en bata, estaba de pie, erguida con ese atavío negligente de la madrugada que envuelve a las jóvenes de una manera adorable y que produce el efecto de un nubarrón sobre una estrella; y, con la cabeza bañada en luz, sonrosada tras un buen sueño, sometida a las tiernas miradas del anciano cariñoso, deshojaba una margarita. Cosette no conocía la encantadora leyenda: «Me quiere mucho, poquito, nada...», ¿quién se la habría podido enseñar? Manejaba la flor de un modo instintivo, inocente, sin sospechar que arrancar los pétalos de una margarita equivale a hacer lo mismo con un corazón. Si existiera una cuarta y sonriente Gracia llamada Melancolía, habría tenido el aspecto de esa Gracia. Jean Valjean estaba fascinado contemplando aquellos deditos sobre la flor, y olvidado de todo ante el resplandor que emitía aquella niña. Un petirrojo gorjeaba en la espesura, a un lado. Nubecillas blancas flotaban por el cielo con tanta alegría que daban ganas de decir que acababan de ser puestas en libertad. Cosette seguía arrancando con atención los pétalos de su flor; parecía estar pensando en algo; pero fuera lo que fuese, debía de ser algo encantador; de pronto, volvió la cabeza sobre el hombro con la delicada languidez de un cisne y le dijo a Jean Valjean: > —Padre, ¿cómo son las

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