hombre, el cual no hizo una reverencia, y sin volver la cabeza ni mirar atrás, regresó a su dormitorio.
Cuando el nicho estaba en uso, una gran cortina de sarga tendida de pared a pared ocultaba el altar. El obispo se arrodilló ante esta cortina al pasar y pronunció una breve oración.
Un momento después estaba en su jardín, caminando, meditando, contemplando, con el corazón y el alma enteramente absortos en esas cosas grandiosas y misteriosas que Dios muestra por la noche a los ojos que permanecen abiertos.
En cuanto al hombre, estaba en realidad tan fatigado que ni siquiera sacó provecho de las lindas sábanas blancas. Apagando su vela de un soplo por las fosas nasales a la usanza de los presidiarios, se dejó caer, tal como iba vestido, sobre la cama, donde cayó inmediatamente en un sueño profundo.
Sonó la medianoche cuando el obispo regresó de su jardín a sus aposentos.
Unos minutos más tarde, todos dormían en la casita.
VI
Jean Valjean
Hacia la mitad de la noche, Jean Valjean se despertó.
Jean Valjean procedía de una pobre familia de labradores de Brie. No había aprendido a leer en su infancia. Al llegar a la edad viril, se hizo podador de árboles en Faverolles. Su madre se llamaba Jeanne Mathieu; su padre se llamaba Jean Valjean o Vlajean, probablemente un apodo y una contracción de voilà Jean, «ahí está Juan».