Pasó ante la prisión. De la puerta colgaba una cadena de hierro unida a una campana. Tocó.
Se abrió la portezuela.
—Carcelero —dijo, quitándose la gorra cortésmente—, ¿tendrá usted la amabilidad de dejarme entrar y darme un alojamiento para pasar la noche?
Una voz respondió:—
“La prisión no es una posada. Hágase arrestar y será admitido”.
El ventanillo volvió a cerrarse.
Entró en una pequeña calle en la que había muchos jardines. Algunos de ellos están cerrados únicamente por setos, lo que confiere un aspecto alegre a la calle. En medio de estos jardines y setos divisó una casita de una sola planta, cuya ventana estaba iluminada. Miró a través de los cristales como lo había hecho en la taberna. Dentro había una gran estancia encalada, con una cama vestida de tela de algodón estampada, una cuna en un rincón, unas pocas sillas de madera y una escopeta de dos cañones colgada en la pared. En el centro de la habitación había una mesa puesta. Una lámpara de cobre iluminaba el mantel de hilo blanco y grueso, la jarra de estaño que brillaba como la plata y estaba llena de vino, y la sopera marrón y humeante. A esta mesa se sentaba un hombre de unos cuarenta años, de rostro alegre y abierto, que mecía a un niño pequeño sobre sus rodillas. Cerca, una mujer muy joven amamantaba a otro niño. El padre reía, el niño reía, la madre sonreía.
El desconocido se detuvo un momento ensoñador ante este tierno y apacible espectáculo. ¿Qué estaba pasando en su interior? Solo él habría podido decirlo. Es probable que pensara que aquella casa alegre sería hospitalaria y que, en un lugar donde contemplaba tanta felicidad, encontraría tal vez un poco de piedad.