finas, una corona de azahares; todo aquello era blanco y, desde el centro de esa blancura, ella irradiaba. Era una cándida exquisitez que se desplegaba y se transfiguraba en la luz. Habría podido decirse que era una virgen a punto de convertirse en diosa.
El hermoso cabello de Marius era lustroso y perfumado; aquí y allá, bajo los espesos rizos, se veían líneas pálidas: las cicatrices de la barricada.
El abuelo, altivo, con la cabeza bien alta, amalgamando más que nunca en su atuendo y en sus modales todas las elegancias de la época de Barras, escoltaba a Cosette. Ocupaba el lugar de Jean Valjean, quien, debido a que aún llevaba el brazo en cabestrillo, no pudo dar la mano a la novia.
Jean Valjean, vestido de negro, los siguió con una sonrisa.
—Señor Fauchelevent —le dijo el abuelo—, este es un día hermoso. Voto por el fin de las aflicciones y las penas. En adelante, no debe haber tristeza en ninguna parte. ¡Pardieu, decreto la alegría! El mal no tiene derecho a existir. Que haya hombres infelices es, a la verdad, una afrenta para el azul del cielo. El mal no proviene del hombre, que en el fondo es bueno. Todas las miserias humanas tienen por capital y gobierno central el infierno, también conocido como las Tullerías del Diablo. ¡Vaya, ya estoy soltando palabras demagógicas! Por lo que a mí respecta, ya no tengo opiniones políticas; que todos los hombres sean ricos, es decir, alegres, y a eso me reduzco.
Cuando, al concluir todas las ceremonias, después de haber pronunciado ante el alcalde y ante el cura todos los «síes» posibles, después de haber firmado los registros en la municipalidad y en la sacristía, después de haber intercambiado sus anillos, después de haberse arrodillado lado a lado bajo el palio de muaré blanco en el humo del incensario, llegaron, de la mano, admirados y envidiados por todos, Marius de negro, ella de blanco, precedidos por el suisse, con las charreteras de coronel, golpeando el pavimento con su alabarda, entre dos filas de espectadores atónitos, al pórtico