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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro VII. Jerga

espantoso, vivo y erizado que tiembla, cruje, vacila, regresa a la sombra, amenaza y fulgura. Una palabra se parece a una garra, otra a un ojo apagado y sangrante, tal o cual frase parece moverse como la pinza de un cangrejo. Todo esto está vivo con la hidionda vitalidad de las cosas que se han organizado a partir de la desorganización.

Ahora bien, ¿cuándo ha excluido el estudio el horror? ¿Desde cuándo el mal ha desterrado a la medicina? ¿Puede imaginarse a un naturalista que se niegue a estudiar la víbora, el murciélago, el escorpión, el ciempiés, la tarántula, y que los devuelva a su oscuridad diciendo: «¡Oh, qué feo es eso!»?

El pensador que se apartara del argot se parecería a un cirujano que apartara el rostro de una úlcera o de una verruga. Sería como un filólogo que se negara a examinar un hecho del lenguaje, un filósofo que dudara en escrutar un hecho de la humanidad.

Pues hay que declarar a quienes lo ignoran que el argot es a la vez un fenómeno literario y un resultado social. ¿Qué es el argot, propiamente hablando? Es la lengua de la miseria.

Podrán detenernos; se nos puede presentar el hecho en términos generales, lo cual es una manera de atenuarlo; se nos puede decir que todos los oficios, profesiones, y cabe añadir, todos los accidentes de la jerarquía social y todas las formas de la inteligencia, tienen su propia jerga. El comerciante que dice: “Montpellier flojo, Marsella alta calidad”, el agente en la bolsa que dice: “Valores a fin del mes en curso”, el tahúr que dice: “Tiers et tout, refait de pique”, el alguacil de las islas normandas que dice: “El propietario con dominio útil que vuelve a su bien raíz no puede reclamar los frutos de dicho bien durante la retención hereditaria del inmueble por parte del acreedor hipotecario”, el autor dramático que dice: “La obra fue abucheada”, el cómico que dice: “He pegado el golpe”,

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