labios del anciano se movían como si lo hicieran mecánicamente y dejaban pasar palabras apenas audibles, semejantes a un soplo en la agonía:
«¡Ah! ¡Muchacho sin corazón! ¡Ah! ¡Clubista! ¡Ah! ¡Malvado! ¡Ah! ¡Septembrista!»
Reproches con la voz baja de un moribundo, dirigidos a un cadáver.
Poco a poco, como es siempre indispensable que las erupciones internas salgan a la luz, la secuencia de palabras regresó, pero el abuelo ya no parecía tener la fuerza para pronunciarlas, su voz era tan débil y extinta, que parecía venir del otro lado de un abismo:
—Me da lo mismo, yo también me voy a morir, vaya que sí. ¡Y pensar que no hay ninguna granuja en París que no hubiera encantado de hacer feliz a este desgraciado! ¡Un bribón que, en vez de divertirse y gozar de la vida, se marchó a pelear y a dejarse acribillar a balazos como un bruto! ¿Y por quién? ¿Por qué? ¡Por la República! ¡En vez de ir a bailar a la Chaumière, como es el deber de la gente joven! ¿De qué sirve tener veinte años? ¡La República, una maldita y hermosa locura! ¡Pobres madres, criad buenos mozos, sí! ¡Vaya, ya está muerto! Eso hará dos entierros bajo el mismo portal. ¡Conque te has arreglado así por los lindos ojos del general Lamarque! ¿Qué te había hecho ese general Lamarque? ¡Un matón! ¡Un charlatán! ¡Ir a dejarse matar por un muerto! ¡Si no es para volverse loco! ¡Piénsate! ¡A los veinte años! ¡Y sin siquiera volver la cabeza para ver si no dejaba algo atrás! Así es como a los pobres y buenos viejos de ahora se les obliga a morir solos. ¡Muérete en tu rincón, viejo mochuelo! Bien, después de todo, tanto mejor, eso es lo que yo esperaba, esto me va a matar en el acto. Soy demasiado viejo, tengo cien años, tengo cien mil años, por derecho debería estar muerto desde hace mucho. Este golpe le pone fin. ¡Así que todo se acabó, qué felicidad! ¿De qué sirve hacerle