Una era la vieja barbuda que barría su cuarto y hacía decir a Courfeyrac: «Visto que su criada lleva barba, Mario no lleva la suya». La otra era una especie de niña a quien veía muy a menudo y a quien jamás miraba.
Desde hacía más de año y medio, Marius había notado en uno de los paseos de Luxemburgo, el que bordea el parapeto de la Pépinière, a un hombre y a una jovencísima muchacha que estaban casi siempre sentados el uno al lado del otro en el mismo banco, en el extremo más solitario de la alameda, del lado de la calle del Oeste. Cada vez que el azar, que se inmiscuye en los paseos de las personas cuya mirada está vuelta hacia adentro, conducía a Marius a aquel paseo —y era casi todos los días—, encontraba allí a esta pareja. El hombre aparentaba unos sesenta años de edad; parecía triste y