su miseria; ¿tenía alas? sí, sin duda, su alegría. Gavroche era un torbellino. Se le veía sin cesar, se le oía sin tregua. Llenaba el aire, ya que estaba en todas partes a la vez. Era una especie de ubicuidad casi irritante; con él no era posible detenerse. La inmensa barricada lo sentía en sus espaldas. Inquietaba a los holgazanes, excitaba a los ociosos, reanimaba a los cansados, se impacientaba con los pensativos, inspiraba alegría a unos y aliento a otros, cólera a los demás, movimiento en todos, ora pinchando a un estudiante, ora picando a un artesano; posándose, deteniéndose, volviendo a volar, cerniéndose sobre el tumulto y el esfuerzo, saltando de un grupo a otro, murmurando y zumbando, acosaba a toda la compañía; una mosca en el inmenso coche revolucionario.
El movimiento perpetuo estaba en sus bracitos y el clamor perpetuo en sus pulmones diminutos.