en los bosques de allí. El otro extremo, que rodea la iglesia y que se encuentra en dirección a Chelles, solo encontraba agua potable en un pequeño manantial a media cuesta, cerca del camino de Chelles, a un cuarto de hora de Montfermeil.
Así, a cada hogar le resultaba arduo trabajo mantenerse provisto de agua.
Las grandes casas, la aristocracia, de la que la taberna de los Thénardier formaba parte, pagaban medio cuarto de perra gorda el cubo a un hombre que se dedicaba a ello y que ganaba unos ocho su1dos al día en su empresa de abastecer de agua a Montfermeil; pero este buen hombre solo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano, y las cinco en invierno; y, una vez caída la noche y cerrados los contramarcos de la planta baja, el que no tenía agua para beber iba a buscarla por sí mismo o se pasaba sin ella.
Esto constituía el terror de la pobre criatura que el lector probablemente no habrá olvidado: la pequeña Cosette.
Se recordará que Cosette era útil a los Thénardier de dos maneras: hacían que la madre les pagara y hacían que la niña les sirviera.
Así pues, cuando la madre dejó de pagar por completo, por la razón que hemos leído en capítulos anteriores, los Thénardier se quedaron con Cosette.
Hacía las veces de criada en su casa. En calidad de tal, era ella quien iba a buscar agua cuando se necesitaba. Así que la niña, a quien aterrorizaba enormemente la idea de ir a la fuente por la noche, procuraba con mucho esmero que nunca faltara agua en la casa.
La Navidad del año 1823 fue particularmente brillante en Montfermeil.