Cosette no se detuvo a tomar aliento. Estaba muy oscuro, pero ella tenía la costumbre de ir a aquella fuente.
Palpó con la mano izquierda en la oscuridad en busca de un roble joven que se inclinaba sobre el manantial y que solía servirle de apoyo, encontró una de sus ramas, se aferró a ella, se inclinó y metió el cubo en el agua.
Estaba en un estado de tal violencia que sus 16 fuerzas se habían triplicado. Mientras estaba así doblada, no advirtió que el bolsillo de su delantal se había vaciado en la fuente. La moneda de quince sous cayó al agua. Cosette ni la vio ni la oyó caer. Sacó el cubo casi lleno y lo dejó sobre la hierba.
Hecho aquello, advirtió que estaba agotada por la fatiga. Habría querido ponerse en marcha de nuevo en el acto, pero el esfuerzo necesario para llenar el balom había sido tal que le resultó imposible dar un paso. Se vio obligada a sentarse. Se dejó caer sobre la hierba y se quedó allí acurrucada.
Cerró los ojos; luego los volvió a abrir, sin saber por qué, pero porque no podía hacer otra cosa. El agua agitada del cubo que tenía al lado dibujaba círculos que se asemejaban a serpientes de estaño.
Por encima, el cielo estaba cubierto de vastas nubes negras, que eran como masas de humo. La trágica máscara de la sombra parecía inclinarse vagamente sobre el niño.
Júpiter se ocultaba en las profundidades.
La niña miraba con ojos desconcertados aquella gran estrella, que le era desconocida y que la aterraba.
El planeta estaba, de hecho, muy cerca del horizonte y atravesaba una densa capa de neblina que le confería un horrible tono rojizo.
La neblina, sombríamente purpúrea, magnificaba la estrella. Hubiérase dicho que era una herida luminosa.