Si Marius hubiera sido Courfeyrac, es decir, uno de esos hombres que ríen en cualquier ocasión de la vida, habría estallado en una carcajada al posar su mirada en la Jondrette.
Llevaba un sombrero negro con plumas muy parecido a los de los heraldos de armas en la coronación de Carlos X, un chal escocés inmenso sobre su enagua de punto, y los zapatos de hombre que su hija había desdeñado por la mañana.
Fue esta indumentaria la que había arrancado a Jondrette la exclamación:
«¡Bien! Te has arreglado. Has hecho bien. ¡Debes inspirar confianza!».
En cuanto a Jondrette, no se había quitado el gabán nuevo, que le quedaba grande y que el señor Leblanc le había regalado, y su indumentaria seguía presentando ese contraste de chaqueta y pantalón que constituía el ideal de un