patrulla y Javert podían sorprenderle en cualquier instante, se desató la corbata, se la pasó a Cosette alrededor del cuerpo por debajo de las axilas, cuidando de no hacerle daño a la niña, ató esta corbata a uno de los extremos de la cuerda mediante ese nudo que los hombres de mar llaman «nudo de golondrina», tomó el otro extremo de la cuerda entre los dientes, se quitó los zapatos y las medias, que arrojó por encima de la pared, puso el pie sobre el montón de mampostería y comenzó a elevarse en el rincón formado por la pared y el piñón con tanta solidez y seguridad como si tuviera los travesaños de una escalera bajo los pies y los codos. No había transcurrido medio minuto cuando ya estaba arrodillado sobre el muro.
Cosette lo miró con estúpido asombro, sin decir una palabra. La orden de Jean Valjean y el nombre de la señora Thénardier le habían helado la sangre.
De pronto oyó la voz de Jean Valjean que le gritaba, aunque en un tono muy bajo:—
“Apoya la espalda contra la pared.”
Ella obedeció.
—No digas una palabra y no te alarmes —continuó Jean Valjean.
Y sintió que la levantaban del suelo.
Antes de que tuviera tiempo de reponerse, ya estaba en la cima del muro.
Jean Valjean la cogió, se la puso a la espalda, tomó sus dos manitas en su gran mano izquierda, se tendió boca abajo y avanzó a gatas por lo alto de la pared hasta la esquina. Como había adivinado, allí se erguía una finca cuyo tejado nacía en lo alto de la empalizada de madera y descendía hasta muy poca distancia del