Todo su rostro estaba iluminado por una vaga expresión de satisfacción, de esperanza y de felicidad. Era más que una sonrisa, y casi un resplandor. Llevaba en la frente el reflejo indescriptible de una luz invisible. El alma del justo contempla en el sueño un cielo misterioso.
Un reflejo de aquel cielo descansaba sobre el obispo.
Era, al mismo tiempo, una transparencia luminosa, porque aquel cielo estaba dentro de él. Aquel cielo era su conciencia.
En el momento en que el rayo de luz lunar se superpuso, por decirlo así, a ese resplandor interior, el Obispo dormido pareció envuelto en gloria.
Permanecía, sin embargo, apacible y velado por una penumbra inefable.
Aquella luna en el cielo, aquella naturaleza durmiente, aquel jardín sin un temblor, aquella casa tan tranquila, la hora, el momento, el silencio, añadían una cualidad solemne e indescriptible al venerable reposo de aquel hombre, y envolvían en una suerte de aureola serena y majestuosa aquellos cabellos blancos, aquellos ojos cerrados, aquel rostro en el que todo era esperanza y todo confianza, aquella cabeza de anciano y aquel sueño de infante.
Había algo casi divino en este hombre, que era así augusto, sin ser él mismo consciente de ello.
Jean Valjean estaba en la sombra, y permanecía inmóvil, con su palmatoria de hierro en la mano, aterrorizado por este anciano luminoso. Jamás había presenciado nada semejante. Esta confianza lo aterraba.