CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Les MisérablesPublic
Página 266 de 2247
Table of Contents

Libro V. El descenso

gente venía desde una distancia de diez leguas a la redonda para consultar al señor Madeleine. Él ponía fin a los diferendos, prevenía los pleitos, reconciliaba a los enemigos. Todos lo tomaban por juez, y con sobrada razón. Parecía como si tuviera por alma el libro de la ley natural. Fue como una epidemia de veneración que, en el espacio de seis o siete años, se apoderó gradualmente de toda la comarca.

Un solo hombre en el pueblo, en el distrito, escapó por completo de este contagio y, hiciese lo que hiciese el señor Madeleine, siguió siendo su adversario como si una especie de instinto incorruptible e imperturbable lo mantuviera en guardia y receloso.

Parece, en efecto, como si existiera en ciertos hombres un verdadero instinto bestial, aunque puro y recto, como todos los instintos, que crea antipatías y simpatías, que separa fatalmente una naturaleza de otra naturaleza, que no vacila, que no siente inquietud, que no calla y que nunca se desmiente, claro en su oscuridad, infalible, imperioso, intratable, sordo a todos los consejos de la inteligencia y a todos los disolventes de la razón, y que, de cualquier modo que se dispongan los destinos, advierte en secreto al hombre-perro de la presencia del hombre-gato, y al hombre-zorro de la presencia del hombre-león.

Suceda con frecuencia que, cuando el señor Madeleine pasaba por una calle, tranquilo, afectuoso, rodeado por las bendiciones de todos, un hombre de elevada estatura, vestido con una levita gris hierro, armado con un pesado bastón y con un sombrero maltrecho, se volvía abruptamente a sus espaldas y lo seguía con la mirada hasta que desaparecía, con los brazos cruzados y una lenta negación de la cabeza, y el labio superior levantado junto con el inferior hacia la nariz, una especie de mueca significativa que se podría traducir así:

«¿Quién es ese hombre, después de todo? Cierto es que lo he visto en alguna parte. En cualquier caso, no me engaña».

266