“¡Seamos justos, amigos míos! ¡Qué espléndido destino para una nación ser el Imperio de un tal Emperador, cuando esa nación es Francia y cuando añade su propio genio al genio de ese hombre! Aparecer y reinar, marchar y triunfar, tener por etapas todas las capitales, tomar a sus granaderos y hacer de ellos reyes, decretar la caída de dinastías y transfigurar Europa al paso de una carga; hacer sentir que, cuando se amenaza, se pone la mano sobre la empuñadura de la espada de Dios; seguir en un solo hombre a Aníbal, a César, a Carlomagno; ser el pueblo de alguien que mezcla con vuestros amaneceres el anuncio fulgurante de una batalla ganada, tener los cañones de Los Inválidos para despertaros por la mañana, arrojar a abismos de luz palabras prodigiosas que flamean por siempre, ¡Marengo, Arcola, Austerlitz, Jena, Wagram!; hacer brotear constelaciones de victorias a cada instante desde el cenit de los siglos, hacer del Imperio francés el pendant del Imperio romano, ser la gran nación y dar a luz al gran ejército, hacer volar sus legiones por toda la tierra, como una montaña que envía a sus águilas por doquier para conquistar, dominar, fulminar, ser en Europa una suerte de nación dorada por la gloria, hacer resonar a través de los siglos un toque de trompeta de titanes, conquistar el mundo dos veces, por la conquista y por el deslumbramiento, ¡eso es sublime; y qué cosa más grande hay?”.
—Ser libre —dijo Combeferre.
Marius inclinó la cabeza a su vez; aquella palabra fría y sencilla había atravesado su efusión épica como una hoja de acero, y sintió que esta se desvanecía en su interior. Cuando levantó los ojos, Combeferre ya no estaba allí. Satisfecho probablemente con su réplica a la apoteosis, acababa de marcharse, y todos, a excepción de Enjolras, lo habían seguido. La habitación se había quedado vacía. Enjolras, a solas con Marius, lo miraba gravemente. Marius, sin embargo, habiendo repuesto sus ideas hasta cierto punto, no se consideraba vencido; quedaba en él un rastro de fermentación íntima que estaba a punto, sin duda, de traducirse en silogismos dispuestos contra Enjolras, cuando de repente oyeron a