golpe. Ayer aún se las dejaba siendo niñas; hoy, uno las encuentra inquietantes para los sentimientos.
Esta niña no solo había crecido, se había idealizado.
Como tres días de abril bastan para cubrir de flores ciertos árboles, seis meses habían bastado para revestirla de belleza.
Su abril había llegado.
A veces se ve a personas que, pobres y mezquinas, parecen despertar, pasar repentinamente de la indigencia al lujo, entregarse a gastos de toda especie y volverse deslumbrantes, pródigo, magníficos, de la noche a la mañana.
Eso es el resultado de haber cobrado una renta; ayer venció un pagaré. La joven había recibido su renta trimestral.
Y entonces, ella dejó de ser la colegiala de sombrero de fieltro, túnica de merino, zapatos de estudiante y manos rojas; el buen gusto le había llegado con la belleza; era una persona bien vestida, ataviada con una elegancia a la vez rica y sencilla, y sin afectación.
Llevaba un vestido de damasco negro, una mantilla del mismo material y un sombrero de crespón blanco. Sus guantes blancos dejaban ver la delicadeza de la mano que jugueteaba con el mango tallado de marfil chino de una sombrilla, y su zapato de seda dellineaba la pequeñez de su pie.
Cuando uno pasaba cerca de ella, todo su atuendo exhalaba un perfume juvenil y penetrante.
En cuanto al hombre, era el mismo de siempre.
La segunda vez que Marius se le acercó, la joven levantó los párpados; sus ojos eran de un azul profundo y celestial, pero en aquel azur velado no