el aguacero, que el agua les llenaría los zapatos, que ningún latigazo lograría evitar que les castañetearan los dientes, que la cadena seguiría atándoles el cuello, que sus piernas seguirían colgando, y era imposible no estremecerse al ver a aquellos seres humanos así atados y pasivos bajo las frías nubes de otoño, y entregados a la lluvia, al viento, a todas las furias del aire, como árboles y piedras.
No faltaron los golpes de cachiporra ni siquiera en el caso de los enfermos, que yacían allí atados con cuerdas e inmóviles sobre el séptimo carruaje, y que parecían haber sido arrojados allí como sacos llenos de miseria.
De pronto, el sol hizo su aparición; la inmensa luz de Oriente estalló, y se habría dicho que había prendido fuego a todas aquellas cabezas feroces. Sus lenguas se desataron; una conflagración de muecas, juramentos y cantos estalló. La ancha lámina horizontal de luz cortó la fila en dos partes, iluminando cabezas y cuerpos,