A veces, en medio de su trabajo de presidiario, se detenía. Se ponía a pensar. Su razón, al mismo tiempo más madura y más turbada que antaño, se rebelaba. Todo cuanto le había acontecido le parecía absurdo; todo lo que le rodeaba le parecía imposible.
Se decía: «Es un sueño».
Contemplaba al capataz de galeotes que estaba de pie a pocos pasos de él; el capataz de galeotes le parecía un fantasma. De pronto, el fantasma le propinó un golpe con su garrote.
La naturaleza visible apenas existía para él. Casi se podría decir que no existían para Jean Valjean ni el sol, ni los hermosos días de verano, ni el cielo radiante, ni las frescas alboradas de abril. No sé qué claraboya de luz iluminaba habitualmente su alma.
Para resumir, en conclusión, aquello que puede resumirse y traducirse en resultados positivos en todo lo que acabamos de señalar, nos limitaremos a la afirmación de que, en el transcurso de diecinueve años, Jean Valjean, el inofensivo podador de Faverolles, el formidable presidiario de Tolón, se había vuelto capaz, gracias a la manera en que las galeras lo habían moldeado, de dos clases de malas acciones:
- en primer lugar, de una mala acción rápida, improvisada, impetuosa, totalmente instintiva, a modo de represalia por el mal que había sufrido;
- en segundo lugar, de una mala acción seria, grave, conscientemente meditada y premeditada, con las falsas ideas que semejante infortunio puede proporcionar.
Sus actos deliberados pasaron por tres fases sucesivas, que las naturalezas de cierto cuño son las únicas capaces de atravesar: raciocinio, voluntad, perseverancia. Tenía como causas motrices su cólera habitual, la amargura del alma, un profundo sentimiento de las indignidades