El caballerizo y el carretero respondieron a coro, con una sacudida de cabeza.
“No.”
Sintió una inmensa alegría.
Era evidente que la Providencia estaba interviniendo. Que era ella la que había roto la rueda de la tartana y la que le estaba deteniendo en el camino.
No había cedido a esa especie de primer llamamiento; acababa de hacer todos los esfuerzos posibles para continuar el viaje; había agotado leal y escrupulosamente todos los medios; no le había retenido ni la estación, ni la fatiga, ni el gasto; no tenía nada que reprocharse.
Si no iba más lejos, aquello no era culpa suya. Ya no le incumbía. Ya no era culpa suya. No era un acto de su propia conciencia, sino un acto de la Providencia.
Volvió a respirar. Respiró con libertad y a pleno pulmón por primera vez desde la visita de Javert. Le pareció que la mano de hierro que había tenido su corazón aprisionado durante las últimas veinte horas acababa de soltarlo.
Le parecía que Dios estaba de su parte ahora, y se estaba manifestando.
Se dijo a sí mismo que había hecho todo lo que podía, y que ahora no le quedaba otra cosa que hacer que desandar sus pasos tranquilamente.
Si su conversación con el carretero hubiera tenido lugar en una habitación de la posada, no habría tenido testigos, nadie le habría oído, las cosas se habrían quedado ahí, y es probable que no hubiéramos tenido que relatar ninguno de los acontecimientos que el lector está a punto de leer; pero esta conversación había tenido lugar en la calle.