—Sí, señor, hace ya mucho tiempo que el pueblo sufre. ¡Y vaya! eso no es todo tampoco; ¿por qué acaba usted de interrogarme y hablarme de Luis XVII? Yo no le conozco. Desde que estoy por estos pagos he vivido solo en este cercado, sin poner jamás los pies fuera y sin ver a nadie más que a ese niño que me ayuda. Su nombre ha llegado hasta mí de manera confusa, es verdad, y muy mal pronunciado, debo confesarlo; pero eso no significa nada: los hombres listos tienen tantas formas de embaucar a ese buen hombre que es el pueblo.
A propósito, no he oído el ruido de su carruaje; lo ha dejado allá, detrás del soto, en la bifurcación de los caminos, sin duda. No le conozco, le digo. Me ha dicho que usted es el obispo; pero eso no me da ninguna información sobre su personalidad moral. En fin, repito mi pregunta. ¿Quién es usted?
Usted es obispo; es decir, un príncipe de la Iglesia, uno de esos hombres dorados con blasones y rentas, que tienen vastas prebendas —el obispado de D⸺ quince mil francos de renta fija, diez mil en emolumentos; total, veinticinco mil francos—, que tienen cocinas, que tienen libreas, que se dan buena vida, que comen perdices rojas en viernes, que se pasean, un lacayo delante, un lacayo detrás, en carroza de gala, y que tienen palacios, ¡y que se desplazan en sus carrozas en nombre de Jesucristo, que iba descalzo!
Usted es un prelado—rentas, palacio, caballos, criados, buena mesa, todas las sensualidades de la vida; tiene usted esto como los demás, y como los demás, lo disfruta; está bien; pero esto dice o demasiado o muy poco; esto no me ilumina sobre el valor intrínseco y esencial del hombre que viene con la probable intención de traerme sabiduría. ¿Con quién hablo? ¿Quién es usted?
El Obispo inclinó la cabeza y respondió: «Vermis sum —Soy un gusano».
—¿Un gusano de la tierra en coche? —gruñó el convencional.