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nydus/Les MisérablesPublic
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I. La casa con secreto

Toda suerte de miserias se daban cita en aquella procesión como en un caos; allí se encontraban los ángulos faciales de toda clase de bestias, viejos, jóvenes, calvos, barbas grises, monstruosidades cínicas, amargas resignaciones, sonrisas salvajes, actitudes sin sentido, hocicos coronados por gorras, cabezas semejantes a las de las jóvenes con bucles en las sienes, rostros infantiles y, a causa de ello, horribles rostros de esqueletos flacos a los que solo les faltaba la muerte. En el primer carro iba un negro, que con toda probabilidad había sido esclavo, y que podía comparar sus cadenas. El espantoso nivelador de abajo, la vergüenza, había pasado sobre aquellas frentes; a ese grado de abajamiento, las últimas transformaciones eran sufridas por todos en sus profundidades más extremas, y la ignorancia, convertida en imbecilidad, era igual a la inteligencia convertida en desesperación. No cabía elección posible entre aquellos hombres que se ofrecían a la vista como la flor del fango. Era evidente que quien había ordenado aquella procesión impura no los había clasificado. Aquellos seres habían sido encadenados y acoplados en revoltijo, probablemente en desorden alfabético, y cargados al azar en aquellos carros. Sin embargo, los horrores, cuando se agrupan, terminan siempre por engendrar un resultado; toda suma de hombres desgraciados da un total, cada cadena exhalaba un alma común y cada carga de carro tenía su propia fisonomía. * Al lado de aquel donde cantaban, había uno donde aullaban; * un tercero donde pedían limosna; * se podía ver uno en el que rechinaban los dientes; * otra carga amenazaba a los espectadores, otra blasfemaba contra Dios; * el último era tan silencioso como la tumba. Dante habría creído contemplar sus siete círculos del infierno en marcha. La marcha de los condenados hacia

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