Resultó difícil impedir que pasara todas las noches junto al herido; hizo que llevaran su gran sillón a la cabecera de Marius; exigió a su hija que sacara la mejor ropa blanca de la casa para las compresas y los vendajes. La señorita Gillenormand, como persona sensata y de edad, se ingenió para ahorrar la ropa blanca fina, haciendo creer al abuelo que se le obedecía. M. Gillenormand no permitía que nadie le explicara que, para la preparación de hilas, la batista no es ni con mucho tan buena como el lino basto, ni la tela nueva como la vieja. Estaba presente en todas las curas de las heridas, de las cuales la señorita Gillenormand se ausentaba con modestia. Cuando se cortaba la carne muerta con las tijeras, decía: «¡Ay! ¡ay!». Nada era más conmovedor que verle, con su temblor senil y apacible, ofrecer al herido una taza de su poción refrescante. Agobiaba al doctor a preguntas. No se daba cuenta de que repetía una y otra vez las mismas.
El día en que el médico le anunció que Marius estaba fuera de peligro, el buen hombre deliraba. Le regaló tres luises a su portero. Esa noche, al regresar a su propia habitación, bailó una gavota, usando su pulgar y su índice como castañuelas, y cantó la siguiente canción:
Jeanne nació en Fougère, verdadero nido de pastora; adoro su refajo, bribón.
Amor, tú vives en ella; pues es en su pupila donde pones tu aljaba, ¡burlón!
Yo la canto y amo, más que a la misma Diana, a Jeanne y a sus duros pechos bretones.
Luego se arrodilló sobre una silla, y Basque, que lo observaba por la puerta entreabierta, se cercioró de que estaba rezando.
Hasta entonces, él no había creído en Dios.