De toda su persona emanaba el estupor de una vida que había terminado y que jamás había tenido un comienzo.
Le llevaba la casa a su padre. M. Gillenormand tenía a su hija cerca de él, como hemos visto que Monseñeur Bienvenu tenía a su hermana consigo.
Estos hogares compuestos por un viejo y una solterona no son raros, y tienen siempre el aspecto conmovedor de dos debilidades que se apoyan mutuamente.
Había también en esta casa, entre esta solterona y este anciano, un niño, un muchacho pequeño, que siempre temblaba y enmudecía en presencia de M. Gillenormand.
M. Gillenormand nunca se dirigía a este niño sino con voz severa y, a veces, con el bastón en alto:
«¡Eh, señor! ¡Bribón, canalla, ven acá!—¡Respóndeme, golfillo! ¡Que te vea yo, bueno para nada!», etc., etc.
Lo idolatraba.