No siempre es posible dar cuenta de las maravillas de la evasión. El hombre que se evade, lo repetimos, está inspirado; hay algo de estrella y de relámpago en el misterioso resplandor de la fuga; el esfuerzo hacia la liberación no es menos sorprendente que el vuelo hacia lo sublime, y se dice del ladrón evadido: «¿Cómo se las arregló para trepar ese muro?», del mismo modo que se dice de Corneille: «¿Dónde encontró el medio para morir?».
Sea como fuere, chorreando sudor, empapado por la lluvia, con la ropa hecha jirones, las manos desolladas, los codos sangrando, las rodillas desgarradas, Thénardier había llegado a lo que los niños, en su lenguaje figurado, llaman el borde del muro de la ruina; allí se había tendido cussi largo era, y allí le habían abandonado las fuerzas.
Un empinado escarpe de tres pisos de alto lo separaba del pavimento de la calle.
La cuerda que tenía era demasiado corta.
Allí aguardaba, pálido, exhausto, desesperado con toda la desesperación que había sufrido, todavía oculto por la noche, pero diciéndose que el día estaba a punto de despuntar, alarmado ante la idea de oír dentro de pocos minutos sonar las cuatro en el cercano reloj de Saint-Paul, una hora en que se relevaba al centinela y en que este sería encontrado dormido bajo el tejado perforado, mirando con horror una profundidad terrible, a la luz de los faroles de la calle, el pavimento húmedo y negro, aquel pavimento tan ansiado y a la vez espantoso, que significaba la muerte y que significaba la libertad.
Se preguntó si sus tres cómplices en la huida habían tenido éxito, si lo habían oído y si acudirían en su ayuda. Escuchó. A excepción de la patrulla, nadie había pasado por la calle desde que él estaba allí. Casi todo el descenso de los hortelanos de Montreuil, de Charonne, de Vincennes y de Bercy hacia los mercados se efectuaba por la Rue Saint-Antoine.