estuvieran a un par de pasos, que la cúpula de los Inválidos estuviera cerca, que la Cámara de Diputados no quedara lejos; los carruajes de la Rue de Bourgogne y de la Rue Saint-Dominique rutilaban lujosamente, en vano, en las inmediaciones, en vano los ómnibuses amarillos, marrones, blancos y rojos cruzaban sus trayectorias en la encrucijada vecina; la Rue Plumet era el desierto; y la muerte de los antiguos propietarios, la revolución que había pasado por allí, el desmoronamiento de las fortunas ancestrales, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de viudez, habían bastado para devolver a este paraje privilegiado helechos, gordolobos, cicutas, milenramas, hierbas altas, grandes plantas crespas de anchas hojas de paño verde pálido, lagartijas, escarabajos, insectos huidizos y rápidos; para hacer brotar de las entrañas de la tierra y reaparecer entre aquellos cuatro muros cierta grandeza indescriptible y salvaje; y para que la naturaleza, que desconcierta las mezquinas disposiciones del hombre y se prodiga
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I. La casa con secreto
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