Sus hermanos por la noche, su padre por la mañana; a eso se había parecido su noche. Al abandonar la Rue des Ballets al alba, había regresado a toda prisa al elefante, había sacado de él con artificio a los dos golfillos, había compartido con ellos una especie de desayuno que él mismo se había inventado, y luego se había marchado, encomendándolos a esa buena madre, la calle, que lo había criado casi por completo. Al dejarlos, los había citado en el mismo lugar por la tarde, y les había dirigido este discurso a modo de despedida: > «Rompo un bastón, dicho de otro modo, pongo los pies en polvorosa o, como se dice en la corte, me las pico. Si no encontráis a papá y a mamá, renacuajos, volved aquí esta noche. Os apañaré algo de cena y os buscaré un jergón». Los dos niños, recogidos por algún gendarme y llevados al hospicio, o raptados por algún saltimbanqui, o simplemente perdidos en ese inmenso rompecabezas chino que era París, no regresaron. Los abismos más profundos del mundo social real están llenos de estos rastros perdidos. Gavroche no los volvió a ver. Diez o doce semanas habían transcurrido desde aquella noche. Más de una vez se había rascado la nuca diciendo: «¿Dónde demonios se habrán metido mis dos
Entre tanto, había llegado, pistola en mano, a la Rue du Pont-aux-Choux. Notó que en esa calle solo había una tienda abierta y, cosa digna de reflexión, era una pastelería. Esto se presentaba como una ocasión providencial para comerse otra empanadilla de manzana antes de adentrarse en lo desconocido.
Gavroche se detuvo, hurgó en su faltriquera, volvió el bolsillo del revés, no encontró nada, ni siquiera un sueldo, y se puso a gritar:
«¡Socorro!»