de una vibración. * Aunque ninguno de ellos caminaba, se oía un sordo pisoteo en el lodo. Más allá de esta densa porción de la muchedumbre, en la calle del Roule, en la calle de los Prouvaires y en la prolongación de la calle Saint-Honoré, ya no quedaba una sola ventana en la que ardiera una vela. Tan solo se veían las solitarias y decrecientes filas de linternas que se desvanecían calle abajo a lo distancia. > Las linternas de aquella época se asemejaban a grandes estrellas rojas, colgadas de cuerdas, y proyectaban sobre el pavimento una sombra con forma de enorme araña. Estas calles no estaban desiertas. Se alcanzaban a divisar pilas de fusiles, bayonetas en movimiento y tropas acampadas. Ningún observador curioso cruzaba ese límite. Allí cesaba la circulación. Allí terminaba la
Marius quiso con la voluntad de un hombre que ya no espera. Había sido llamado, tenía que ir. Encontró el modo de atravesar la muchedumbre y de rebasar el bivac de las tropas, esquivó las patrullas, evitó a los centinelas. Dio un rodeo, llegó a la calle de Béthisy y encaminó sus pasos hacia las Halles. En la esquina de la calle de los Bourdonnais ya no quedaba ningún farol.
Después de haber pasado la zona de la multitud, había traspasado los límites de las tropas; se encontró en algo sobrecogedor.
Ya no había un transeúnte, ya no había un soldado, ya no había una luz, no había nadie; la soledad, el silencio, la noche, no sé qué frío que se apoderaba de uno.
Entrar en una calle era como entrar en un sótano.
Él continuó avanzando.