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nydus/Les MisérablesPublic
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I. La Caribdis del arrabal San Antonio y la Escila

Cuando la situación no estaba madura, cuando la insurrección no era abiertamente admitida, cuando las masas repudiaban el movimiento, todo había concluido para los combatientes, la ciudad se mudaba en desierto en torno a la revuelta, las almas se enfriaban, los refugios se tapiaban, y la calle se trocaba en desfiladero para ayudar al ejército a tomar la barricada.

Un pueblo no puede ser forzado, mediante la sorpresa, a marchar más de prisa de lo que prefiere. ¡Ay del que intente forzar su mano! Un pueblo no se deja llevar al azar. Entonces abandona la insurrección a su suerte. Los insurgentes se vuelven nocivos, apestados. Una casa es un escarpe, una puerta es una negativa, una fachada es un muro. Este muro oye, ve y no quiere. Podría abrirse y salvaros. No. Este muro es un juez. Os contempla y os condena. Qué cosas tan sombrías son las casas cerradas. Parecen muertas, están vivas. La vida que está allí como suspendida, persiste en ella. Nadie ha salido de ellas desde hace veinticuatro horas, pero nadie falta en ellas. En el interior de esa roca, la gente va y viene, se acuesta y se levanta; hay allí una reunión de familia; allí se come y se bebe; se tiene miedo, ¡cosa terrible! El miedo disculpa esta pavorosa falta de hospitalidad; el terror se mezcla con ella, circunstancia atenuante. A veces incluso, y esto se ha visto verdaderamente, el miedo se convierte en pasión; el espanto puede trocarse en furia, como la prudencia en rabia; de ahí este sabio refrán: «Los moderados enfurecidos». Hay arrebatos de terror supremo, de los cuales brota la ira como un humo fúnebre.⁠—«¿Qué quiere esta gente? ¿A qué han venido aquí? Que salgan del apuro. Peor para ellos. Es su culpa. No hacen más que recibir lo que merecen. A nosotros no nos concierne. He aquí nuestra pobre calle acribillada a balazos. Son una recua de granujas. Ante todo, no abráis la puerta».⁠—Y la casa adopta el aire de una tumba. El insurgente agoniza frente a esa casa; ve acercarse la metralla y las espadas desnudas; si grita, sabe que lo están escuchando y que nadie vendrá; ahí hay muros que podrían protegerle, hay hombres que podrían salvarle; y esos muros tienen oídos de carne, y esos hombres tienen entrañas de piedra.

1905