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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro VIII

Mientras tanto, Thénardier, a quien en adelante no llamaremos de ningún otro modo, iba y venía frente a la mesa en una especie de frenesí y salvaje triunfo.

Agaró la vela con el puño y la puso sobre la chimenea con un golpe tan violento que la mecha estuvo a punto de apagarse y el sebo salpicó la pared.

Luego se volvió hacia el señor Leblanc con una mirada horrible y escupió estas palabras:—

“¡Acabado! ¡Frito y rematado! ¡Cocinado! ¡Asado a la parrilla!”

Y de nuevo comenzó a marchar de un lado a otro, en plena erupción.

—¡Ah! —gritó—, ¡con que al fin te vuelvo a encontrar, señor filántropo! ¡Señor millonario de trapo! ¡Señor repartidor de muñecas! ¡Viejo simplón! ¡Ah! ¡Con que no me reconoces! ¡No, no fuiste tú quien vino a Montfermeil, a mi mesón, hace ocho años, en Nochebuena de 1823! ¡No fuiste tú quien me arrebató a la hija de esa Fantine! ¡La Alondra! ¡No fuiste tú el que llevaba un gabán amarillo! ¡No! ¡Ni un paquete de harapos en la mano, como tenías hoy aquí por la mañana! Dime, mujer, ¡parece que es su manía meter paquetes de medias de lana en las casas! ¡Viejo mercader de caridad, v Ándate a freír espárragos! ¿Eres mercero, señor millonario? ¡Le regalas tu género a los pobres, hombre santo! ¡Qué pamplinas! ¡Bufón! ¡Ah! ¿Y no me reconoces? ¡Pues yo sí que te reconozco, vaya si te reconozco! Te reconocí en el preciso instante en que metiste tu jeta aquí dentro. ¡Ah! Ya verás ahora mismo que no todo son rosas meterse de ese modo en las casas ajenas, con el pretexto de que son tabernas, con ropa miserable, con aire de pobre a quien se le daría una limosna, para engañar

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