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nydus/Les MisérablesPublic
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I. La Caribdis del arrabal San Antonio y la Escila

Solo un pájaro habría podido librarse de este apuro.

Y era necesario decidir en el acto, idear algún recurso, tomar alguna determinación. Se estaba combatiendo a pocos pasos de allí; por fortuna, todos se arremolinaban furiosos en torno a un único punto, la puerta de la taberna; pero si se le ocurría a un soldado, a un solo soldado, doblar la esquina de la casa, o atacarle por el flanco, todo habría acabado.

Jean Valjean contempló la casa que tenía enfrente, contempló la barricada a un lado suyo, después miró el suelo, con la violencia del último extremo, desconcertado, y como si hubiera querido abrir un agujero en él con los ojos.

A fuerza de mirar, algo vagamente sorprendente en aquella agonía comenzó a tomar forma y contorno a sus pies, como si hubiera sido un poder de la mirada el que hacía desplegarse a la cosa deseada.

A pocos pasos de distancia percibió, en la base de la pequeña barrera tan despiadadamente custodiada y vigilada por el exterior, bajo un desordenado montón de adoquines que la ocultaba parcialmente, una reja de hierro, colocada plana y a nivel del suelo.

Esta reja, hecha de gruesas barras transversales, tenía cerca de dos pies cuadrados. El marco de adoquines que la sostenía había sido arrancado, y estaba, por decirlo así, desprendida.

A través de los barrotes se alcanzaba a ver una abertura oscura, algo así como el tiro de una chimenea o el tubo de una cisterna. Jean Valjean se lanzó hacia adelante. Su viejo arte de la evasión acudió a su cerebro como una iluminación. Apartar las piedras, levantar la reja, cargar sobre sus hombros a Marius, que estaba tan inerte como un cadáver, descender con aquella carga a la espalda y con la ayuda de los codos y las rodillas por aquella especie de pozo, afortunadamente no muy profundo, dejar caer en su sitio tras de sí la pesada trampilla sobre la cual rodaron de nuevo las

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