había dado salida, el jardinero creyó poder deducir que el señor Madeleine probablemente se había arruinado a causa de los malos tiempos y que sus acreedores lo perseguían; o bien que se había comprometido en algún asunto político y estaba escondido; esto último no le desagradaba a Fauchelevent, quien, como muchos de nuestros campesinos del Norte, conservaba un viejo fondo de bonapartismo. Estando oculto, el señor Madeleine había elegido el convento como refugio, y era de lo más sencillo que deseara quedarse allí. Pero el punto inexplicable, al que Fauchelevent volvía constantemente y sobre el cual se machacaba el cerebro, era que el señor Madeleine estuviera allí y que tuviera a aquella niñita con él. Fauchelevent los veía, los tocaba, les hablaba, y aun así no lo creía posible. Lo incomprensible acababa de hacer su entrada en la caseta de Fauchelevent. Fauchelevent tanteaba entre conjeturas y no lograba ver con claridad más que esto: «El señor Madeleine me salvó la vida». Esta única certeza bastaba y determinaba su proceder. Se dijo: «Ahora me toca a mí». Añadió en su conciencia: «El señor Madeleine no se puso a meditar cuando se trató de meterse debajo del carro con el propósito de sacarme». Tomó la decisión de salvar al señor Madeleine.
No obstante, se hizo a sí mismo muchas preguntas y se dio diversas respuestas:
«Después de lo que hizo por mí, ¿lo salvaría si fuera un ladrón? Del mismo modo. Si fuera un asesino, ¿lo salvaría? Del mismo modo. Puesto que es un santo, ¿lo salvaré? Del mismo modo».
¡Pero qué problema fue conseguir que se quedara en el convento! Fauchelevent no retrocedió ante esta empresa casi quimérica; este pobre campesino de Picardía sin más escala que su abnegación, su buena