¿Era esto precaución o humildad? Ambas cosas. Cosette estaba acostumbrada al lado enigmático de su destino y apenas notaba las singularidades de su padre. En cuanto a Toussaint, veneraba a Jean Valjean y le parecía bien todo lo que hacía.
Un día, su carnicero, que había avistado a Jean Valjean, le dijo:
«Ese es un pájaro de cuenta».
Ella le respondió:
«Es un santo».
Ni Jean Valjean ni Cosette ni Toussaint entraban o salían jamás sino por la puerta de la calle de Babylone.
A menos de ser visto por la verja del jardín, habría sido difícil adivinar que vivían en la calle Plumet. Esa verja estaba siempre cerrada. Jean Valjean había dejado el jardín sin cultivar, para no llamar la atención.
En esto, posiblemente, cometió un error.
III
Foliis Ac Frondibus
El jardín, entregado así a sí mismo durante más de medio siglo, se había vuelto extraordinario y encantador. Los transeúntes de hacía cuarenta años se detenían a contemplarlo, sin sospechar los secretos que ocultaba en sus frescas y verdaderas profundidades. Más de un soñador de aquella época dejaba a menudo que sus pensamientos y sus ojos penetrasen indiscretamente entre los barrotes de aquella antigua verja con candado, torcida, vacilante, sujeta a dos pilares