Cosette apenas conservaba un recuerdo confuso de su infancia. Rezaba mañana y tarde por su madre, a quien nunca había conocido. Los Thénardier habían quedado en su memoria como dos figuras espantosas de un sueño.
Recordaba que había ido «un día, de noche», a buscar agua a un bosque. Le parecía que aquello había quedado muy lejos de París. Le daba la impresión de que había empezado a vivir en un abismo y de que había sido Jean Valjean quien la había sacado de él.
Su infancia le producía el efecto de una época en la que no había habido a su alrededor más que ciempiés, arañas y serpientes. Cuando meditaba por la noche, antes de dormirse, como no tenía una idea muy clara de que fuera hija de Jean Valjean y de que él era su padre, se imaginaba que el alma de su madre se había transvasado a aquel buen hombre y había venido a vivir junto a ella.
Cuando él estuvo sentado, ella apoyó la mejilla contra su cabello blanco y dejó caer una lágrima silenciosa, diciéndose a sí misma:
«Quizá este hombre sea mi madre».
Cosette, aunque resulte una extraña afirmación, en la profunda ignorancia de una muchacha educada en un convento—siendo además la maternidad absolutamente ininteligible para la virginidad—, había terminado por imaginarse que había tenido tan poca madre como era posible. Ni siquiera sabía el nombre de su madre. Cada vez que se lo preguntaba a Jean Valjean, Jean Valjean guardaba silencio. Si ella repetía su pregunta, él respondía con una sonrisa. Una vez insistió; la sonrisa terminó en una lágrima.
Este silencio por parte de Jean Valjean sumió a Fantine en la oscuridad.
¿Fue prudencia? ¿Fue respeto? ¿Fue el temor de confiar este nombre a los azares de otra memoria que no fuera la suya?