“¡Alguna hermosa y repeinada moza de bonete! Está enamorado”.
—Pero —observó Bossuet—, no veo ninguna muchacha ni ningún sombrero floreado en la calle. No hay ni una mujer por los alrededores.
Courfeyrac pasó revista y exclamó:—
“¡Va siguiendo a un hombre!”
Un hombre, en efecto, que llevaba una gorra gris y cuya barba gris alcanzaba a distinguirse, aunque solo le veían la espalda, iba caminando a unos veinte pasos por delante de Mario.
Este hombre vestía un gabán que era perfectamente nuevo y le quedaba grande, y unos pantalones espantosos que colgaban en jirones y estaban negros de lodo.