A veces al caer la tarde, en el crepúsculo, a una hora en que el jardín estaba desierto, se le podía ver de rodillas en medio del sendero que bordeaba la capilla, frente a la ventana por la que había mirado la noche de su llegada, y vuelto hacia el lugar donde, según sabía, la hermana hacía reparación, postrado en oración.
Así oraba mientras se arrodillaba ante la hermana.
Parecía como si no se atreviera a arrodillarse directamente ante Dios.
Todo cuanto le rodeaba, aquel jardín apacible, aquellas flores fragantes, aquellos niños que lanzaban gritos de alegría, aquellas mujeres graves y sencillas, aquel claustro silencioso, le penetró lentamente, y poco a poco su alma se fue componiendo de silencio como el claustro, de perfume como las flores, de sencillez como las mujeres, de alegría como los niños.
Y entonces pensó que aquellos habían sido dos templos de Dios que le habían acogido sucesivamente en dos momentos críticos de su vida:
- el primero, cuando todas las puertas se hallaban cerradas y la sociedad humana le rechazaba;
- el segundo, en un momento en que la sociedad humana había vuelto a lanzarse en su persecución y las galeras volvían a abrir sus fauces;
y que, de no haber sido por el primero, habría recaído en el crimen, y de no haber sido por el segundo, en el tormento.
Todo su corazón se derritió en gratitud, y amó cada vez más.
Muchos años pasaron de este modo; Cosette iba creciendo.