piedras que habían sido removidas, hacer pie sobre un suelo embaldosado a tres metros por debajo de la superficie; todo aquello se ejecutó como lo que se hace en sueños, con la fuerza de un gigante y la rapidez de un águila; aquello no tardó sino unos minutos.
Jean Valjean se hallaba con Marius, que aún seguía desvanecido, en una especie de corredor subterráneo y largo.
Reinaba una paz profunda, un silencio absoluto, la noche.
La impresión que había experimentado anteriormente al caer del muro en el convento volvió a él.
Solo que lo que llevaba hoy no era a Cosette; era a Marius.
Apenas podía oír el formidable tumulto en el cabaret, tomado por asalto, como un murmullo vago por encima de su cabeza.