La buhardilla Gorbeau
I
Maestro Gorbeau
Hace cuarenta años, un caminante que se hubiera aventurado en aquel país desconocido de la Salpêtrière, y que hubiera subido a la Barrière d'Italie por el bulevar, llegaba a un punto en el que podía decirse que París desaparecía.
Ya no era la soledad, pues había transeúntes; no era el campo, pues había casas y calles; no era la ciudad, pues las calles tenían baches como carreteras y la hierba crecía en ellas; no era un pueblo, las casas eran demasiado altas.
¿Qué era, pues?
Era un lugar habitado donde no había nadie; era un paraje desierto donde había alguien; era un bulevar de la gran ciudad, una calle de París; más salvaje por la noche que el bosque, más sombrío de día que un cementerio.
Era el viejo barrio del Marché-aux-Chevaux.
El caminante, si se aventuraba fuera de los cuatro muros achacosos de este Marché-aux-Chevaux; si consentía incluso en pasar más allá de la Rue du Petit-Banquier, tras dejar a su derecha un jardín protegido por altos muros; luego un campo en el que molinos de corteza de encina se alzaban como gigantescas chozas de castores; después un cercado