No era que no se le hubieran presentado a la mente, sino que les había tenido miedo. ¿La buhardilla de los Jondrette? ¿La barricada? ¿Javert?
¿Quién sabe dónde se habrían detenido estas revelaciones? Jean Valjean no parecía un hombre dispuesto a retroceder, y ¿quién sabe si Marius, tras haberle incitado, no habría deseado él mismo contenerlo?
¿No nos ha sucedido a todos, en ciertas coyunturas supremas, taparnos los oídos para no oír la respuesta, después de haber hecho una pregunta?
Es sobre todo cuando se ama cuando se cede a estas muestras de cobardía. No es prudente interrogar a las situaciones siniestras hasta el final, en particular cuando el lado indisoluble de nuestra vida se halla fatalmente entrelazado con ellas.
¡Qué terrible luz podría haber brotado de las explicaciones desesperadas de Jean Valjean, y quién sabe si ese fulgor horrendo no se habría proyectado hasta Cosette! ¿Quién sabe si una especie de resplandor infernal no habría permanecido tras él en la frente de aquel ángel?
La salpicadura de un relámpago pertenece también al trueno. La fatalidad tiene puntos de confluencia donde la inocencia misma queda marcada por el crimen a causa de la sombría ley de los reflejos que colorean. Las figuras más puras pueden conservar para siempre el reflejo de una asociación horrible.
Con razón o sin ella, Marius había tenido miedo. Ya sabía demasiado. Buscaba embotar sus sentidos en lugar de obtener mayor claridad.
Con desesperación, se llevó a Cosette en brazos y cerró los ojos ante Jean Valjean.
Aquel hombre era la noche, la noche viviente y horrible. ¿Cómo habría de atreverse a buscar el fondo de ella? Es una cosa terrible interrogar a la sombra. ¿Quién sabe cuál será su respuesta? El alba puede quedar ennegrecida para siempre por ella.