rejas en todas las ventanas de la planta baja.
Justo después de haber doblado el ángulo interior del edificio, observó que iba llegando a unas ventanas en arco, por las que percibió una luz. Se puso de puntillas y miró a hurtadillas a través de una de estas ventanas.
Todas daban a un salón bastante vasto, pavimentado con grandes losas, recortado por arcadas y pilares, donde solo se veían una lucecita y grandes sombras. La luz provenía de un cirio que ardía en un rincón. La estancia estaba desierta y nada se movía en ella.
Sin embargo, a fuerza de mirar fijamente creyó percibir en el suelo algo que parecía estar cubierto por un sudario, y que se asemejaba a una forma humana. Dicha forma yacía boca abajo, tendida en el pavimento, con los brazos extendidos en forma de cruz, en la inmovilidad de la muerte.
Habría dicho uno, a juzgar por una especie de serpiente que ondulaba por el suelo, que aquella siniestra forma tenía una cuerda al cuello.
Toda la cámara estaba bañada en esa bruma de los lugares escasamente iluminados, que acrecienta el horror.
Jean Valjean decía a menudo después, que, aunque muchos espectros funerarios se habían cruzado en su camino en la vida, jamás había contemplado nada más espeluznante y terrible que aquella forma enigmática realizando algún misterio inexplicable en aquel lugar sombrío, y contemplada así de noche. Era alarmante suponer que aquella cosa estuviera quizá muerta; y aún más alarmante pensar que estuviera quizá viva.
Él tuvo el valor de pegar la cara al cristal y de observar si el ser se movía. A pesar de permanecer así lo que le pareció un tiempo muy largo, la forma tendida no hizo ningún movimiento.