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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro VI, I. Número 62 de la rue Petit-Picpus

otras palabras, estaban sujetos, no a san Bernardo, sino a san Benito.

Cualquiera que haya hojeado viejos infolios en cierta medida sabe que Martín Verga fundó en 1425 una congregación de bernardos-benedictinos, con Salamanca como cabeza de la orden y Alcalá como establecimiento filial.

Esta congregación había enviado ramificaciones por todos los países católicos de Europa.

No hay nada de inusual en la Iglesia latina en estos injertos de una orden en otra. Para mencionar una sola orden de San Benito, que es de la que aquí se trata: están adscritas a esta orden, sin contar la obediencia de Martín Verga, cuatro congregaciones —dos en Italia, Montecasino y Santa Justina de Padua; dos en Francia, Cluny y San Mauro— y nueve órdenes —Vallombrosa, Grandmont, los Celestinos, los Camaldulenses, los Cartujos, los Humillados, los Olivetanos, los Silvestrinos y, por último, Cîteaux; pues Cîteaux misma, tronco de otras órdenes, no es más que un retoño de San Benito. Cîteaux data de san Roberto, abad de Molesme, en la diócesis de Langres, en 1098. Ahora bien, fue en 529 cuando el diablo, retirado al desierto de Subiaco —era viejo—, ¿se había hecho ermitaño?, fue expulsado del antiguo templo de Apolo, donde moraba, por San Benito, que entonces tenía diecisiete años.

Después de la regla de los carmelitas, que van descalzos, llevan un trozo de mimbre en la garganta y nunca se sientan, la regla más austera es la de los bernardinos-benedictinos de Martin Verga. Van vestidos de negro, con una toca de pliegues que, según la orden expresa de san Benito, sube hasta la barbilla. Un hábito de sarga de mangas anchas, un gran velo de lana, la toca que sube hasta la barbilla cortada en cuadrado sobre el pecho, la banda que baja por la frente hasta los ojos⁠: este es su traje. Todo

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