convertirla en capuchina o ursulina. Estos rústicos son utilizados para los trabajos duros de la devoción. El paso de boyera a carmelita no resulta en absoluto violento; la una se transforma en la otra sin gran esfuerzo; el fondo de ignorancia común a la aldea y al claustro es una preparación dispuesta de antemano, que sitúa de inmediato al rústico en pie de igualdad con el monje: un poco más de amplitud en la blusa y esta se convierte en hábito. La hermana Perpetua era una robusta monja de Marines, cerca de Pontoise, que mascullaba su dialecto, canturreaba, renegaba, azucaraba la pócima según el fanatismo o la hipocresía del enfermo, trataba a sus pacientes con brusquedad, con rudeza, era huraña con los moribundos, casi les arrojaba a Dios a la cara, lapidaba su agonía con oraciones masculladas con rabia; era audaz, honesta y rubicunda.
La hermana Simplice era blanca, de una palidez cerúnea. Al lado de la hermana Perpétue, era la bujía junto al cirio. San Vicente de Paúl ha trazado divinamente los rasgos de la hermana de la caridad en estas admirables palabras, en las que mezcla tanta libertad como servidumbre:
«Tendrán por convento únicamente la casa de los enfermos; por celda, una habitación alquilada; por capilla, la iglesia parroquial; por claustro, las calles de la ciudad y las salas de los hospitales; por clausura, la obediencia; por rejas, el temor de Dios; por velo, la modestia».
Este ideal se realizaba en la persona viva de la hermana Simplice: nunca había sido joven, y parecía como si no fuera a envejecer jamás. Nadie habría podido decir la edad de la hermana Simplice. Era una persona —no osamos decir una mujer— apacible, austera, educada, fría, y que jamás había mentido. Era tan apacible que parecía frágil; pero era más sólida que el granito. Tocaba a los desdichados con unos dedos de una pureza y una finura encantadoras. Había, por decirlo así, silencio en su modo de