todo el mundo va vestido como si acabara de salir de una sombrerera, lavado, enjabonado, raspado, afeitado, peinado, despierto, alisado, frotado, cepillado, limpio por fuera, irreprochable, pulido como un guijarro, discreto, aseado y al mismo tiempo, ¡muerte de mi vida!, en lo más hondo de sus conciencias tienen muladares y cloacas que bastarían para hacer retroceder a un boyero que se suena las narices con los dedos. Concedo a este siglo el lema: «Limpieza sucia». No se enoje, Marius, déjeme hablar; no digo ningún mal del pueblo, como ve, siempre estoy erre que erre con su pueblo, pero permítame asestarle un pequeño golpe a la burguesía. Yo pertenezco a ella. Quien bien quiere, bien azota. Por lo tanto, lo digo claramente: hoy en día la gente se casa, pero ya no sabe cómo casarse. ¡Ah!, es verdad, añoro la gracia de las antiguas maneras. Lo añoro todo en ellas, su elegancia, su caballería, esas maneras corteses y delicadas, ese lujo alegre que todo el mundo poseía, la música formando parte de la boda, una sinfonía arriba, un batir de tambores abajo, los bailes, los rostros alegres alrededor de la mesa, los cumplidos finos y galantes, las canciones, los fuegos artificiales, la risa franca, el escándalo del diablo, los enormes lazos de cinta. Añoro la liga de la novia. La liga de la novia es prima del cinto de Venus. ¿En qué gira la guerra de Troya? ¡En la liga de Helena, pardiez! ¿Por qué lucharon, por qué Diomedes el divino rompió en la cabeza de Meriones aquel gran casco de bronce de diez puntas? ¿Por qué Aquiles y Héctor se despedazaron con grandes golpes de lanza? Porque Helena permitió que París le quitara la liga. Con la liga de Cosette, Homero construiría la Ilíada. Pondría en su poema a un viejo locuaz como yo, y lo llamaría Néstor. Amigos míos, en tiempos pasados, en aquellos amables días de antaño, la gente se casaba prudentemente; hacía un buen contrato y luego se daba un buen banquete. Tan pronto como Cujas se había marchado, entraba Camacho. Pero, ¡en verdad!, el estómago es una bestia agradable que exige lo suyo y que también quiere tener su boda. ¡Se cenaba bien y se tenía a la mesa a una hermosa vecina sin toca, de modo que su garganta quedaba solo moderadamente oculta! ¡Oh, qué grandes bocas risueñas y qué
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Libro V. Nieto y Abuelo
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