cabezas, para que pueda poner mis manos sobre ellas.”
Cosette y Marius cayeron de rodillas, desesperados, sofocados por las lágrimas, cada uno bajo una de las manos de Jean Valjean. Aquellas manos augustas ya no se movían.
Había caído hacia atrás, la luz de las velas lo iluminaba.
Su rostro blanco miraba al cielo, dejó que Cosette y Marius cubrieran sus manos de besos.
Él estaba muerto.
La noche no tenía estrellas y era extremadamente oscura. Sin duda, en la penumbra, algún inmenso ángel permanecía erguido con las alas desplegadas, aguardando aquella alma.
VI
La hierba cubre y la lluvia borra
En el cementerio de Père-Lachaise, en las inmediaciones de la fosa común, lejos del elegante barrio de aquella ciudad de sepulcros, lejos de todas las tumbas caprichosas que ostentan ante la eternidad todas las espantosas modas de la muerte, en un rincón desierto, junto a un viejo