cometido durante la semana. Las madres vocales consultan después de cada confesión e imponen la penitencia en voz alta.
Además de esta confesión en voz alta, a la que se reservan todas las faltas de menor gravedad, tienen para sus ofensas veniales lo que llaman la coulpe. Hacer la coulpe consiste en postrarse de bruces durante el oficio ante la priora hasta que esta, a quien nunca se llama más que «nuestra madre», avisa a la culpable con un ligero golpe de su pie contra la madera de su sitial de que puede levantarse. La coulpe, o peccavi, se hace por muy poca cosa: un vaso roto, un velo desgarrado, un retraso involuntario de unos segundos en un oficio, una nota falsa en la iglesia, etcétera; esto basta, y se hace la coulpe. La coulpe es enteramente espontánea; es la propia persona culpable (la palabra está aquí etimológicamente en su lugar) la que se juzga a sí misma y se la inflige. Los días de fiesta y los domingos, cuatro madres chantres entonan los oficios ante un gran atril de cuatro plazas. Un día, una de las madres chantres entonó un salmo que empezaba por Ecce, y en vez de Ecce pronunció en voz alta las tres notas do si sol; por esta distracción sufrió una coulpe que duró durante todo el servicio: lo que hizo que la falta fuera enorme fue el hecho de que el capítulo se había reído.
Cuando una monja es llamada al locutorio, aun si se tratara de la mismísima priora, se baja el velo, como se recordará, de modo que solo se le ve la boca.
La priora es la única que puede comunicarse con los extraños. Las demás solo pueden ver a su familia inmediata, y eso muy rara vez. Si, por casualidad, una persona ajena se presenta para ver a una monja, o a alguien a quien haya conocido y amado en el mundo exterior, se requiere una serie regular de negociaciones. * Si es mujer, a veces se puede conceder la autorización; la monja acude y hablan con ella a través de las celosías, que solo se abren para una madre o una