las trompetas de esta guerra devuelven un sonido agrietado, el efecto general era sospechoso; la historia aprueba que Francia pusiera reparos en aceptar este falso triunfo. Parecía evidente que ciertos oficiales españoles encargados de la resistencia cedieron con demasiada facilidad; la idea de corrupción iba unida a la victoria; se diría que se habían ganado generales y no batallas, y el soldado conquistador regresaba humillado. Una guerra envilecida, en suma, en la que se podía leer al Banco de Francia en los pliegues de la bandera.
Los soldados de la guerra de 1808, sobre los cuales Zaragoza se había derrumbado en formidable ruina, fruncieron el ceño en 1823 ante la fácil rendición de las ciudadelas, y empezaron a añorar a Palafox. Está en la naturaleza de Francia preferir tener a Rostopichin antes que a Ballesteros enfrente.
Desde un punto de vista aún más grave, y en el que también conviene insistir aquí, esta guerra, que hirió el espíritu militar de Francia, enfureció al espíritu democrático. Fue una empresa de sojuzgamiento. En aquella campaña, el objetivo del soldado francés, hijo de la democracia, era la conquista de un yugo para los demás. Una espantosa contradicción.
Francia está hecha para despertar el alma de las naciones, no para ahogarla. Todas las revoluciones de Europa desde 1792 son la Revolución francesa: la libertad irradia destellos desde Francia. Eso es un hecho solar. ¡Ciego es quien no quiera verlo! Fue Bonaparte quien lo dijo.
La guerra de 1823, un atentado contra la generosa nación española, fue entonces, al mismo tiempo, un atentado contra la Revolución francesa. Fue Francia la que cometió esta monstruosa violencia; por malos medios, pues, a excepción de las guerras de liberación, todo lo que hacen los ejércitos es por malos medios. Las palabras «obediencia pasiva» lo indican.