Cuando se escucha, al lado de los hombres honrados, en los umbrales de la sociedad, se atisban los diálogos de los que están afuera. Se distinguen preguntas y respuestas. Se percibe, sin comprenderlo, un murmullo hediondo, que suena casi como acentos humanos, pero que se parece más a un aullido que a una palabra articulada. Es el argot. Las palabras están deformes y marcadas por una bestialidad indescriptible y fantástica. Uno cree oír hablar a las hidras.
Es ininteligible en la oscuridad. Cruje y susurra, completando la penumbra con misterio. Es negro en la desgracia, es aún más negro en el crimen; estas dos negruras amalgamadas componen la jerga.
Oscuridad en la atmósfera, oscuridad en los actos, oscuridad en las voces.
Terrible lengua de sapo que va y viene, salta, se arrastra, babea y se agueve de manera monstruosa en esa inmensa niebla gris compuesta de lluvia y de noche, de hambre, de vicio, de falsedad, de injusticia, de desnudez, de sofocación y de invierno, el gran mediodía del miserable.
Tened compasión de los castigados.
¡Ay! ¿Quiénes somos nosotros mismos? ¿Quién soy yo que ahora os dirijo la palabra? ¿Quiénes sois vosotros que me escucháis?
¿Y estáis muy seguros de que no hemos hecho nada antes de nacer? La tierra no carece de parecido con una cárcel. ¿Quién sabe si el hombre no es un delincuente recapturado por la justicia divina?
Mirad de cerca la vida. Está hecha de tal modo que por todas partes sentimos la sensación del castigo.